ENTREVISTAS

¿Madonna? ¿Marilyn? No, Carla.
La rubia de la tele se desviste para nosotros

/ Brando, 09.10.2008 /

¿Alguien tiene entradas para Madonna? La rubia más graciosa de la tele quiere ir al recital, pero no consigue entradas y acepta donaciones. Novios, hijos y sus deseos más profundos: mudarse de Palermo (dice que hay muchos fotógrafos) y hacer una biopic de Mirtha Legrand.

Una desorganización organizada. Un poco así es Carla Peterson. Como las divas, que corren de un lado a otro y, siempre espléndidas, no saben cuándo van a descansar, parecía que la chica no iba a lograr acomodar su agenda para hablar con brando. Pero lo que a primera vista se percibía como un canchero desinterés, era en realidad despelote.

Cuando la charla estaba en suspenso, era imposible adivinar que Carla iba a ser tan Carla, con un buen humor de esos que curan todo. Antes de sentarse a hablar, era muy remoto imaginarla diciendo cosas como que tiene ganas de mudarse lejos de Palermo (vive en la parte hoy conocida como Soho). "Está demasiado lleno de fotógrafos", es la queja que podría parecer de diva, pero no, porque ahí nomás llega la cordobesa que agrega tipo gag: "Este barrio, además, está lleno de plátanos y si caminas un rato por Honduras en esta época del año, entendés que la primavera no es la estación de la alegría, es la de la alergia". Las risas, con ella, están aseguradas. Ella es una chica de la tele, con todo lo bueno y lo malo que eso implica.

Pero sólo hay que verla un segundo en acción para entender que es mucho más que la malvada Brigitte de Son amores o la Constanza copetuda y maliciosa de Sos mi vida. La Peterson tiene clubs de fans en Rusia, sí, y su carrera empezó en el culebrón adolescente Montaña rusa. Pero esos son datos al azar.

Para empezar, vale decir que es una rubia de ley, pero de las que casi no hay: no es frágil, no es delicada y sí, es linda, pero no es perfecta. Para seguir, vale destacar que es ultrafemenina, pero que tiene una voz arrabalera que le da un toque de gracia. Es una confesa adicta a la moda, pero también rebasa sensibilidad. La Peterson es, entre miles de otras cosas, una magnética paradoja ambulante.

Interpretó desde Shakespeare hasta Samuel Beckett mientras construía su carrera en televisión. El Martín Fierro como Mejor Actriz Protagónica y el de Oro que se llevó por Lalola, más su efectividad al encarar todos y cada uno de los personajes que le tocaron en suerte desde que asomó su cara en la pantalla chica, desembocaron en lo evidente: un merecido éxito, un reconocimiento de crítica y público que amenazó con retrasarse, pero al final llegó justo a tiempo.

Ahora vuelve a trabajar en el siguiente proyecto de Underground, la misma productora que calentó la gélida pantalla de América el año pasado, y eso es la esperada tira de inminente salida al aire en el más hitero Telefé: Los exitosos Pells. Por eso está tan ocupada, claro.

No tiene tiempo el lunes; ni el martes; menos el miércoles; jueves, imposible; viernes, hay que ver; y sí, el lunes próximo podría ser… pero al final no, porque está invitada a la cena beneficio de Fundaleu. Pasan los días y se hace casi fácil odiarla un poco. Un séquito de encargados de prensa siguen avisando que no. Que quiere, sí, pero que no tiene cuándo.

Entonces se saca el último recurso del arcón de los periodistas desesperados y se toma la decisión de seguirla, como un paparazzi, por donde sea que ella vaya. En este caso, tan porteño como glamoroso, todo indicará que se la podría encontrar en un desfile de Las Oreiro, durante un té coqueto en el patio de un hotel muy elegante.

Pero no. La Peterson vuelve a cambiar de agenda, de idea. Avisa, por suerte, y porque sí, porque en realidad es tan encantadora como uno quiere creer, y entonces se reprograma todo. Dice que un barcito por Palermo estaría bien, dice a las ocho y, cuando cae la nochecita primaveral sobre las calles arboladas del barrio fashion pero bohemio, aparece repleta de disculpas y no, no se la puede odiar.

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