ENTREVISTAS

La rubia sin un pelo de tonta

/ Caras y Caretas, abril 2009 /

Carla Peterson nació en una familia acomodada y tradicional que no se mosqueó cuando la nena anunció que quería se actriz. Primero hizo Shakespeare y Kafka en teatro y después saltó a la tele, donde se consagró como la mejor comediante de la pantalla.

Carla Peterson está en un momento brillante, y lo reconoce. Porque esta joven y estudiosa actriz, que se abrió camino escalón por escalón, siente que por fin le llegó el tiempo de la cosecha. Llegó, como suele suceder, después de aprender a morder el polvo de la profesión de actriz, a ser estrella, pero que siempre implica renunciamientos. Así parió a la excepcional comediante que se puede admirar a diario en TV. Cuando ya quedan pocos capítulos para terminar con Los exitosos Pells, nos recibe en su camarín, olvida el cansancio del rodaje diario y se entrega a una charla donde, con honestidad brutal, abre su corazón y su intimidad.

–Muchos actores reconocen haber elegido su profesión para evadir una realidad poco gratificante. No parece ser su caso.
–No tanto porque cuando yo decía que quería ser actriz era muy chica: no sabía muy bien cuál era la realidad, ni tampoco cómo era la vida de un actor o qué significaba ser actriz. Pero sí imaginaba que serlo me iba a dar más posibilidades de vivir de manera diferente. Y además, al mismo tiempo que yo decía que quería ser actriz vivía una realidad que era casi un juego, en plena adolescencia.

–Fue una nena precoz. A los 8 años ya hacía su espectáculo de zapateo americano en el living de su casa.
–Hacía esas cosas, no sabía si iba a ser una bailarina o actriz, pero sí estaba segura de que iba a estar entre vestuarios y escenografías, soñaba con eso.

–Parafraseando al tango, se educó en un colegio de monjas…
–Fui doce años al colegio Santa Unión, que había sido de monjas inglesas o escocesas. Tenía todo lo que un colegio inglés podía ofrecer, pero no lo era. Eso sí, había un costado artístico muy interesante y la libertad de plantear y concretar obras y musicales: hice de Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia, participé en La novicia rebelde, y me recibí de bachiller humanista especializada en letras. Fue una etapa muy divertida.

–¿Y sus padres qué opinaban?
–Se preguntaban si en este país era posible vivir de la profesión de actriz, más después de haberme mandado a tan buenos colegios. Por suerte me gustaba estudiar, porque después me di cuenta de la cantidad de horas de estudio que lleva este trabajo, y ni hablar del teatro…

–Tiene toda una trayectoria en el off.
–Sí, al mismo tiempo que hacía tele, y creo que eso me dio más posibilidades. También tuve un muy buen maestro y un muy buen grupo de experimentación. Formar parte de una compañía de teatro, estar rodeada de gente inteligente y generosa, siempre es enriquecedor: se van aprendiendo las diferentes técnicas con actores que trabajan hace muchos años, hasta encontrar la propia. Después de haber trabajado con textos clásicos se hace más fácil encarar una escena de TV, se le pierde el miedo al libreto.

–¿Cuándo hizo su primer casting?
–A los 19 o 20 años. No quedé, seguí estudiando teatro, y después me llamaron.

–¿Son crueles los castings?
–Sí, pero todo es cruel, salir a buscar trabajo a los 19 años también es cruel. No lo tomaba así, sino como una prueba personal, y encima me pagaban. Yo vivía con mis padres, no tenía esa necesidad, pero sí quería encontrar un lugar de crecimiento y desarrollo de ese deseo que apareció muy temprano en mí.

–¿Fue a estudiar al exterior?
–Me fui dos años a EE.UU. a estudiar danza, que era lo que en ese momento más me atraía. Salía del colegio y me iba a tomar clases de baile: jazz, clásico, zapateo americano, todo para preparar mi cuerpo para bailar. Había visto Fama toda mi vida, cómo no me iba a ir a tomar una clase en Broadway y ver cómo era. Terminé el colegio, y lo organicé como un viaje de estudios. Me fui sola.

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